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Mensaje por Suzuno Yukinoshita el Dom Mar 23, 2014 11:19 pm

Puso la mano encima de sus ojos lo que proporciono una pequeña sobra a sus ojos que miraban la oscuridad de su mano rodeado por intenso destello. Hacía un par de meses que no visitaba a Sunagakure. Estaba tranquila. Una tranquilidad que la proporcionaba Yami Yamanaka, la nueva Kazekage. Hacía dos años Constantine era responsable de la aldea que fue un trabajo difícil hasta que por fin el consejo de su amada aldea había elegido un nuevo kage. Un kage que para Constantine tenía muchos puntos a favor. Estar en las puertas de su amada aldea le traía recuerdos. Recuerdos vivaces de una joven vida.

Constantine apretó su mano la carta que sostenía en ella. La carta tenía pocas palabras pero eran suficientes. Suficientes para remontar a Constantine a su pasado, entrecerró los ojos. El pasado de Constantine era preciado por ella aunque lo ocultara muchas veces. Recordó ese día de otoño cuando todo sucedió. Eso marco la vida de Constantine. La marco de manera negativa por su joven temperamento y poca madurez. Madurez. Maduro y entonces, solo entonces lo entendió. Constantine no debía recordar el final de sus recuerdos. Si no su principio. Hacía 5 años Constantine inicio su vida ninja, podía recordarlo como si fuera ayer.

Su sentimiento se podía comparar fácilmente con el calido clima que ahora Sunagakure tenía, el verano le sentaba también, podía Constantine pasar todo el día sentada en el mismo sintió mirando con sus ojos rosas, orgullosa de portar la banda de su aldea. Su aldea. La que amaba más que a su vida, amaba el color amarillo dorado que hacía destellar los lugares mas lejanos. Es por eso que su corazón vibraba cada vez que miraba su aldea. Hacía poco Constantine sufrió a causa de su amor. El ultimo ataque que Akatsuki hizo en Sunagakure hizo que su aldea se viera en ruinas y con eso su corazón cayó en pedazos.

Constantine aguardo unos minutos antes de seguir reviviendo sus recuerdos. No todos los recuerdos son gratos para Constantine. Volvió al inicio, tiempo después de salir del orfanato. El primer día de verano, lo recordaba bien, fue su primera clase en el academia ninja. Ella lo juró. Juro que jamás deshonraría a su aldea. Juró que daría su vida por ella. Juró que solo viviría por Sunagakure no sato. Aquel día, aprendió la técnica del remplazo, doce sellos. Tuvo éxito. Constantine no tenía que esforzarse mucho para aprender las técnicas, ella misma pensaba. Pensaba que lo traía en la sangre. Entre sus ocultas raíces. Raices que le daban el talento que a muchos les hacía falta.

Constantine suspiró. Suspiro para contener la emoción que los recuerdos la daba. Levanto de nuevo su mirada hacía el brillante sol. Un sol que la hacía vibrar y llenarse de energía. Energía juvenil. Ahora en la actualidad contaba con 17 años. 17 años. Un simple numero la hizo recordar a su Kazekage, el día que la eligió como su alumna. Constantine puede enumerar pocos días que la dieron grandes regocijos como ese. Era el día de la primavera, tenía 13 años cuando demostro en el examen Chunnin que ella valía la pena. Valía la pena para ser sacrificada en honor de su aldea.

Luka Kuyama, tenía 17 años cuando tomo el rango de Kazekage, sus habilidades todos las conocían pero pocos las habían visto en realidad. Constantine fue afortunada y después de años, sabía exactamente que la madurez. La madurez quitaba vendas de los ojos. Constantine se volvió a centrar en la carta que sontenía. Un papel arrugada por los dobleces que la habían hecho. Las letras eran redondas, alineadas, sutiles. Era la letra de Luka Kuyama. Constantine apreciaba la carta más de lo que cualquiera se imaginaría. Constantine llamaba a su propia sensei traidora. Traidora. Pero con los años descubrió que no la hacía llamar así por la aldea que tanta amaba. La hacía llamar así por ella. La había abandonado.

Constantine suspiro. Constantine volvió a mirar la hoja con sus pliegues. Su color amarillo. Tendría el valor. El valor de ir a su encuentro. Constantine estaba conmocionada, emocionada. Constantine. Constantine podía sentir un nudo en su corazón. Un conflicto. Ir o no ir. Verla o no verla. El pasado a veces era confuso. El futuro aun más. Constantine ya no era una niña, tenía 17 años y pronto sería un adulto. ¿Pero estaba lista?. Lista para afrontar el sentimiento de abandono que ella la dejo. Tenía que ir. Lo acaba de comprender. Constantine estaba lista para afrotarla y volver a verla.

Constantine bajo de la barda de su aldea. Su amada aldea. La aldea estaría bien, Constantine sabía que Yami cuidaría de esa aldea, la que tanto amaba. Constantine simplemente lo decidió. Decidió que se iría, que iria a ver a su sensei. Luka Kuyama. Constantine estaba aun apegada a Luka, tenía ese fuerte sentimiento de protección hacía ella. Constantine tenía cosas que decir. Cosas que asolaban a su corazón por el interior de sus sentimientos.

Constantine partió de Sungakure en ese mismo instante. Constantine partió de la única forma en la que Constantine disfrutaba hacer sus viajes. Sus viajes no tan largos pero si significativos. Constantine partió hacía el desierto, no tardaría mucho en llegar. Su marcha era constante y lento. Lento porque no quería apresurar las cosas al llegar al desierto. Constantine no titubeaba acerca de lo que estaba deseando. Deseando llegar hasta el punto de encuentro. Pero. Pero tenía miedo. Miedo a que estuviera equivocada de verla.

Constantine se sintió como una niña que buscaba a su madre. Luka Kaguya. No era muchos años mas grande que ella, pero la sentía tan cercana. Constantine no ódía ignorar aquel sentimiento que había perdurado por tanto tiempo. Constantine no desconfiaba. No desconfiaba porque creía en las palabras que estaban escritas en esa nota. Continuo su viaje. Constantine estaba interesada y emocionada en encontrarse con esa persona. Constantine estaba armada de valor. Valor para afrontar todos las cosas que necesitara afrontar.

Por fin. Constantine había llegado al centro magnetico el cual hablaba la carta. Constantine se acercó con precaución. Con precaución. Constantine continúo caminando hasta situarse en el punto mas alto del centro magnetico del desierto. Se sentó. Constantine esperaría a ver aquella figura a la que tanto extrañaba. El viento soplaba, soplaba fuerte. Tan fuerte como el espíritu de Constantine.
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